Una mañana de domingo, como suelo tener por costumbre, salí a dar un paseo por la ciudad. Me suele acompañar la cámara de fotos. Cuando ya volvía a casa, serían ya las tres de la tarde, me topé con esta escena: Ella, sentada en la punta del banco, leyendo afanosamente los mensajes del móvil, con un pañuelo en la otra mano...