martes, 27 de noviembre de 2012

Morir sin nombre.

Nadie, en varios kilómetros a la redonda, sabría decir su nombre. Llevaba poco tiempo en el pueblo. Apareció entre la niebla una mañana de otoño. Era difícil calcular su edad. Su mirada era esquiva y tan triste como su forma de caminar. Cojeaba ligeramente y en la frente tenía varias cicatrices. Todos le vimos pero nadie le miraba. Vino al pueblo a morir. Nadie conocía su nombre, porque los perros abandonados no tienen nombre.

En recuerdo de ZAR.