miércoles, 14 de diciembre de 2011

La mujer que nunca fue amada



Juán acarició el cuerpo de Mireia. Estaba tensa, rígida, como si nunca hubiera recibido una caricia. Su cuerpo era fibroso, delgado, fuerte.

Fue una hija no deseada, era la cuarta de cinco hermanos. Su madre siempre la entendió y la trató como una criada. Mireia no jugó con muñecas ni cocinitas. Aprendió a fregar los cacharros, a lavar la ropa, a barrer toda la casa, a hacer la compra. Nunca recibió mimos. Su madre la utilizó, especialmente cuando enfermó y delegó en ella todas las responsabilidades de la casa. Su padre la ignoraba, era invisible. Su hermano mayor murió en un accidente en la mina cuando ella aún era una niña. Laurita, la más pequeña de la familia, decía que la quería, pero pronto se olvidó de ella cuando fue a la ciudad a estudiar.

Juan soltó el pelo de Mireia y lo dejó caer sobre los hombros. Secó las lágrimas que tímidamente recorrían la cara de la mujer.

Mireia apenas estudió. Aprendió lo básico, leer, escribir, las cuatro cuentas y poco más. Conoció a Alfredo, un amigo de sus hermanos mayores. Un muchacho tosco que no sabía más que trabajar. Vio en él la posibilidad de escapar de aquella cárcel y se casó con él. Aún así seguía atendiendo la casa de sus padres, incluso cuando quedó embarazada. Quizás por eso perdiera el hijo. Alfredo la utilizaba, debía ser su madre, su criada y su amante según demandaran sus necesidades.

Mireia bajó la cabeza, avergonzada, turbada por lo que sentía. Juan buscó sus labios y la besó delicadamente, como nadie lo había hecho jamás. La apretó contra sí y la abrazó notando como su cuerpo comenzaba a perder tensión.

Alfredo también murió en un accidente laboral. Su padre de viejo y su madre aún continuaba dándole órdenes desde la cama. Sus hermanos emigraron y de su hermana no tenía más noticias que las cuatro cartas que le enviaba cada año y que a duras penas leía a su madre. Quedó sola, viviendo en una casa vieja, destartalada, con una pensión pequeña pero suficiente para alguien que estaba acostumbrada a hacer una vida sencilla. Conoció a Juan, el nuevo maestro que llegó al pueblo y que se empeñó en dar clases a los adultos. Aquel hombre le descubrió el mundo de los libros y de los sentimientos que se le habían negado.

Juan acarició el cuerpo de Mireia. Ella le correspondió con un abrazo. Su cuerpo fibroso, delgado y fuerte ya no estaba tenso.

La batalla de las letras




Sus armas eran las letras del teclado. Hacía tiempo que había emprendido la batalla, pero en los primeros momentos no lo supo. Para cuando se dio cuenta de que estaba guerreando ya se encontraba salpicado de su propia sangre, con la piel cosida por mil remiendos. Comprometido con aquella guerra sin sentido, idealista, contracorriente...

Ahora tomaba una t mayúscula y asiéndola como si de una espada se tratara repartía mandobles y estocadas. Tas, tas, tas!!!

Luego tomó una i, también mayúscula, y la arrojaba cual jabalina al centro del corazón de su enemigo y mientras surcaba el aire gemía: iiiiiiiiiihhhhhhh!

Ahora tocó el turno de p. Aquella pistola le ayudó a saldar algunas viejas cuentas mientras restallaba su martilleo: pim, pam, pum!!!!

Con la r intentó segar los pies de su enemigo, como si de hoz se tratara. Ras, ras, ras!!!

Con la x trató de tachar el nombre de su combatiente, luego arrancó la y del teclado para no darle continuidad.

Pero de nada le sirvió aquello. Seguía maltrecho, salpicado de sangre, con nuevas heridas que precisarían de más remiendos. Los pies se le habían inundado en un barro denso que no le permitía caminar. Las rodillas ya no resistían más peso y se doblaron. La espalda se curvó hacia delante. Trató de apoyarse en algunas letras que aún conservaba en las manos. La cabeza también se mostró vencida por el cansancio, goteando sudor, empapada en la sangre propia, humeante ante el frío de aquella mañana.

Su enemigo, por el contrario, se mostraba distante, ajeno, enaltecido y triunfal. Pero no fueron sus artes las que le vencieron sino el simple hecho de que no sabía leer.

22/07/2004