
Siempre resulta interesante conocer qué hay detrás de una fotografía y no en todas las ocasiones tenemos esa información. En esta ocasión se trata de una historia divertida.
Cuando aún no había amanecido la mañana del domingo fui a Bakio. Al este de la playa hay una zona de rocas donde acostumbro a ir a sacar fotos o simplemente a ver amanecer, un espectáculo por el cual merece la pena madrugar.
Llegué con tiempo de sobra pues eran las 6:30 de la mañana. El sol estaba en ese punto en el que aún no se ve pero se anuncia por el horizonte. Comencé a colocar el trípode, mediciones, fotos… La sensación es estupenda, encontrarte solo en un lugar semejante, disfrutando de tu afición. Pero no estaba solo. Mientras hacía las fotos vi como una pareja cogidos de la mano, caminaban por la arena. Pasaron a mi lado, nos saludamos y continuamos cada cual con lo suyo, ellos con su paseo, yo con las fotos.
Cada vez había más luz en la playa y ya llevaba cerca de 100 fotos así que decidí retirarme. Los aficionados a la fotografía tenemos la costumbre de ir fijándonos en los detalles. En esta ocasión iban observando las pisadas. La marea estaba alta y se veía perfectamente el rastro de las mías y el de la pareja, huellas que se perdían entre unas rocas. Precisamente entre esas rocas vi que algo se movía. Era del torso desnudo de una mujer. Se trataba de la pareja. Ambos desnudos, ella sentada a horcajadas sobre él y dejándose llevar por el momento.
La verdad es que era de entender… aquella playa solitaria, aquel amanecer, aquella temperatura agradable… El único que estaba de más en la escena era yo. Así que agilicé en la medida de lo posible mi torpe caminar por la arena aunque ellos también percibieron mi presencia.
Llegué al coche y me tomé un tiempo en desmontar el equipo del trípode y guardarlo todo cuidadosamente mientras me reía recordando qué inoportuna había sido mi presencia. Estaba claro que aquel era su momento.
Madrugar alarga el día y comenzaba a tener apetito. Vi un bar abierto y entré a tomar un café. Me senté cómodamente en una mesa y entre sorbos iba viendo las fotos en la pantalla de la cámara. Éramos pocos los clientes del local, de tal forma que cuando levanté la cabeza no me costó identificar sentados en la barra a la pareja de la playa. Cuando me levanté para abandonar el local ellos también me vieron. Él, un muchacho de unos veintitantos años, se puso colorado como un tomate, ella, ya en sus treinta, me sonrió cómplicemente.
A ellos dedico esta foto, era su momento. El momento en que el mar, como la pasión, se agita contra las rocas y se funde con ellas como los cuerpos de los amantes.
Que tengáis un buen día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario