Morir sin nombre.
Nadie, en varios kilómetros a la redonda, sabría decir su nombre. Llevaba poco tiempo en el pueblo. Apareció entre la niebla una mañana de otoño. Era difícil calcular su edad. Su mirada era esquiva y tan triste como su forma de caminar. Cojeaba ligeramente y en la frente tenía varias cicatrices. Todos le vimos pero nadie le miraba. Vino al pueblo a morir. Nadie conocía su nombre, porque los perros abandonados no tienen nombre.
En recuerdo de ZAR.

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