Mi abuela Rosa perteneció a esa generación de mujeres a las que les tocó vivir duras experiencias. Nació en el seno de una familia acomodada de la cuenca minera asturiana pero se casó con Esteban, un minero que tomó conciencia de clase.
Se desplazaron a Cataluña, a Suria, con sus dos hijas mayores y luego nacería mi madre. Allí les sorprendió la Guerra Civil en la que mi abuelo combatió en el ejército republicano. Esteban, enfermo y herido, tuvo que salir del país y mi abuela, con sus tres hijas pequeñas tuvo que cruzar a pie en el invierno de 1938, la frontera hasta llegar al campo de Joffre de Rivesaltes que acogió en aquel momento a unos 15.000 españoles que huían de la España fascista.
Esteban terminó en la Unión Soviética y desde allí reclamó a su familia. Poco tiempo después moría y mi abuela Rosa se quedó sola en aquel país con sus tres hijas pequeñas, Zulima, Georgina y mi madre, María Luisa.
Escaparon de la Guerra Civil Española y terminaron sufriendo la II Guerra Mundial. Pero el pueblo ruso puso a salvo a todos los repatriados españoles y ninguno de ellos sufrió daño alguno. Recuerda mi madre que los llevaban a aldeas cercanas a Moscú donde los campesinos les ofrecían la comida antes que a sus propios hijos. Pasaron calamidades, dos guerras, necesidades, pero allí permanecieron 17 años de su vida y las tres hermanas tuvieron acceso a estudios universitarios.
En 1956 mi abuela Rosa y dos de sus hijas vuelven a España, desembarcando en Valencia. Una de sus hijas se quedó a vivir en la URSS. Una vez en España mi abuela y mi madre volvieron a sus orígenes, a Asturias. Otra hermana se fue a vivir al País Vasco, a San Sebastián.
Poco tiempo después nací yo y comencé a pasar las vacaciones en casa de mi tía, en San Sebastián. Siempre me acompañaba mi abuela Rosa. Tengo muy vagos recuerdos de aquella época: los baños en La Concha y los paseos por un parque cercano al barrio de Eguia, donde vivía mi tía. Se trataba del parque Cristina Enea. Recuerdo ligeramente a mi abuela, una mujer fuerte pero de rostro delicado, con el pelo rubio siempre recogido en un moño y su profunda mirada azul.
Murió pocos años después con la misma discreción con la que vivió, consumida por un cáncer de estómago, apagándose como un pajarito. Ahora quisiera recordarla paseando por ese parque o sentada en un banco a la sombra, con la mirada perdida y el recuerdo en tantas vivencias.
Si os fijáis bien en la foto, por el camino se ve a un niño solo. Quizás también esté buscando a su abuela.
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