
Sus armas eran las letras del teclado. Hacía tiempo que había emprendido la batalla, pero en los primeros momentos no lo supo. Para cuando se dio cuenta de que estaba guerreando ya se encontraba salpicado de su propia sangre, con la piel cosida por mil remiendos. Comprometido con aquella guerra sin sentido, idealista, contracorriente...
Ahora tomaba una t mayúscula y asiéndola como si de una espada se tratara repartía mandobles y estocadas. Tas, tas, tas!!!
Luego tomó una i, también mayúscula, y la arrojaba cual jabalina al centro del corazón de su enemigo y mientras surcaba el aire gemía: iiiiiiiiiihhhhhhh!
Ahora tocó el turno de p. Aquella pistola le ayudó a saldar algunas viejas cuentas mientras restallaba su martilleo: pim, pam, pum!!!!
Con la r intentó segar los pies de su enemigo, como si de hoz se tratara. Ras, ras, ras!!!
Con la x trató de tachar el nombre de su combatiente, luego arrancó la y del teclado para no darle continuidad.
Pero de nada le sirvió aquello. Seguía maltrecho, salpicado de sangre, con nuevas heridas que precisarían de más remiendos. Los pies se le habían inundado en un barro denso que no le permitía caminar. Las rodillas ya no resistían más peso y se doblaron. La espalda se curvó hacia delante. Trató de apoyarse en algunas letras que aún conservaba en las manos. La cabeza también se mostró vencida por el cansancio, goteando sudor, empapada en la sangre propia, humeante ante el frío de aquella mañana.
Su enemigo, por el contrario, se mostraba distante, ajeno, enaltecido y triunfal. Pero no fueron sus artes las que le vencieron sino el simple hecho de que no sabía leer.
22/07/2004
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