
Juán acarició el cuerpo de Mireia. Estaba tensa, rígida, como si nunca hubiera recibido una caricia. Su cuerpo era fibroso, delgado, fuerte.
Fue una hija no deseada, era la cuarta de cinco hermanos. Su madre siempre la entendió y la trató como una criada. Mireia no jugó con muñecas ni cocinitas. Aprendió a fregar los cacharros, a lavar la ropa, a barrer toda la casa, a hacer la compra. Nunca recibió mimos. Su madre la utilizó, especialmente cuando enfermó y delegó en ella todas las responsabilidades de la casa. Su padre la ignoraba, era invisible. Su hermano mayor murió en un accidente en la mina cuando ella aún era una niña. Laurita, la más pequeña de la familia, decía que la quería, pero pronto se olvidó de ella cuando fue a la ciudad a estudiar.
Juan soltó el pelo de Mireia y lo dejó caer sobre los hombros. Secó las lágrimas que tímidamente recorrían la cara de la mujer.
Mireia apenas estudió. Aprendió lo básico, leer, escribir, las cuatro cuentas y poco más. Conoció a Alfredo, un amigo de sus hermanos mayores. Un muchacho tosco que no sabía más que trabajar. Vio en él la posibilidad de escapar de aquella cárcel y se casó con él. Aún así seguía atendiendo la casa de sus padres, incluso cuando quedó embarazada. Quizás por eso perdiera el hijo. Alfredo la utilizaba, debía ser su madre, su criada y su amante según demandaran sus necesidades.
Mireia bajó la cabeza, avergonzada, turbada por lo que sentía. Juan buscó sus labios y la besó delicadamente, como nadie lo había hecho jamás. La apretó contra sí y la abrazó notando como su cuerpo comenzaba a perder tensión.
Alfredo también murió en un accidente laboral. Su padre de viejo y su madre aún continuaba dándole órdenes desde la cama. Sus hermanos emigraron y de su hermana no tenía más noticias que las cuatro cartas que le enviaba cada año y que a duras penas leía a su madre. Quedó sola, viviendo en una casa vieja, destartalada, con una pensión pequeña pero suficiente para alguien que estaba acostumbrada a hacer una vida sencilla. Conoció a Juan, el nuevo maestro que llegó al pueblo y que se empeñó en dar clases a los adultos. Aquel hombre le descubrió el mundo de los libros y de los sentimientos que se le habían negado.
Juan acarició el cuerpo de Mireia. Ella le correspondió con un abrazo. Su cuerpo fibroso, delgado y fuerte ya no estaba tenso.
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